En el Valle del Mezquital, en México, familias indígenas se adaptan a la sequía mientras protegen sus medios de vida, su territorio y su identidad cultural.
Texto publicado originalmente en el sitio web de la Iniciativa Climática Internacional de Alemania (IKI) en inglés: Ir al artículo original
El Valle del Mezquital, en el centro de México, predomina un ecosistema semiárido que alberga una gran diversidad de plantas y fauna, y en el que habitan comunidades indígenas hñähñu (otomíes) que tradicionalmente han conservado y utilizado de manera sostenible los recursos naturales, particularmente el maguey (agave) y otras cactáceas como el nopal y el agave lechuguilla.
El agua es un recurso decisivo y cada vez más escaso. En los últimos años, las sequías más prolongadas e intensas han agravado los desafíos para la producción agropecuaria en la región. En Cardonal, Hidalgo, la organización territorial de base, Magueyal, Sujeto y Comunidad (Magueyal) trabaja desde hace más de 30 años con familias de la región para garantizar el acceso al agua para las necesidades domésticas y productivas.
De acuerdo con Araceli Mendoza, coordinadora de operaciones de Magueyal, la escasez de agua ha contribuido a la migración de una porción significativa de la población. Además, los suelos pobres y alcalinos dificultan la agricultura, lo que limita la capacidad de las familias para generar ingresos.
Cuando las formas tradicionales de vida se debilitan

Hasta mediados del siglo XX, las economías familiares de Cardonal dependían en gran medida del maguey. Se utilizaba para producir pulque, una bebida fermentada elaborada a partir de la savia del agave, así como por sus pencas, que se vendían para la preparación de barbacoa y para muchos otros usos. Sin embargo, la cerveza desplazó al pulque, haciendo que la producción de maguey dejara de ser económicamente viable.
La lechuguilla también tenía un uso extendido. Su fibra se transformaba en cuerdas, cepillos, escobas, bolsas y prendas de vestir. Estos productos fueron sustituidos, en gran medida, por alternativas de plástico más baratas, pese a su impacto ambiental.
Estos cambios, sumados a las limitadas oportunidades económicas, han llevado a muchas personas a migrar a ciudades como la Ciudad de México o a Estados Unidos. Sin embargo, muchas familias permanecen en sus tierras, combinando el comercio con la agricultura y dependiendo de los cultivos tanto para el autoconsumo como para obtener ingresos adicionales por la venta de los excedentes.
El cambio climático eleva el desafío
El cambio climático está haciendo que esta situación sea cada vez más difícil. “Hemos vivido una sequía muy severa durante los últimos cuatro años”, señala Araceli. “A pesar de ello, la gente ha intentado trabajar sus milpas —las parcelas tradicionales donde se cultiva maíz y otros productos—, pero las plantas no han crecido. No obstante, las familias continúan sembrando porque el maíz es fundamental para su identidad y cultura y quieren conservar sus semillas”.
Construir una estrategia de adaptación

Ante este panorama, Magueyal, con el apoyo de la Iniciativa Climática Internacional de Alemania (IKI), en el marco del Proyecto SAbERES, acompaña a familias predominantemente indígenas de pequeños productores de Cardonal y municipios vecinos para fortalecer la resiliencia de sus sistemas productivos.
El proyecto IKI trabajó con comunidades, autoridades locales y personal técnico para desarrollar un Plan de Adaptación al Cambio Climático para la región de Cardonal. El plan establece lineamientos para adaptar los sistemas productivos y el territorio en su conjunto a las condiciones ambientales y climáticas cambiantes.
Fortino Chávez, director de Magueyal y originario de la región, describe el plan de adaptación como una hoja de ruta para fortalecer la resiliencia de los pequeños productores, con el agua como eje central. El plan prioriza medidas de Adaptación basada en Ecosistemas (AbE) para conservar la humedad del suelo y captar agua que pueda utilizarse durante los periodos de sequía.
Araceli destaca los avances logrados mediante medidas como la siembra de maguey entre los cultivos de la milpa, el uso de cultivos de cobertura y la generación de sombra mediante árboles resistentes a la sequía. En muchas parcelas familiares, estas prácticas han mejorado la calidad del suelo y el rendimiento de los cultivos. El proyecto también produce biofertilizantes, vermicomposta y otros fertilizantes orgánicos a partir de los residuos orgánicos de las familias.
“Hemos logrado avances muy importantes a nivel de parcela, pero la adaptación al cambio climático debe ser territorial”, señala Araceli. Por ello, el proyecto IKI trabaja con autoridades municipales y estatales y busca generar sinergias con políticas y programas como la iniciativa federal Sembrando Vida.
Fortalecer a las comunidades a largo plazo
Fortino enfatiza: “La adaptación al cambio climático es un proceso social. Necesitamos fortalecer la gobernanza comunitaria y el tejido social para que, a nivel territorial, podamos avanzar en una misma dirección”.
El proyecto IKI también promueve el desarrollo de liderazgos y la participación efectiva de mujeres y jóvenes, quienes con frecuencia quedan excluidos de la toma de decisiones.
“Buscamos brindar un acompañamiento integral: no solo capacitación en producción, sino también contribuir a formar actores sociales que ejerzan su derecho a participar en todos los asuntos relacionados con su territorio”, explica Araceli.
La adaptación es un proceso de mediano y largo plazo: “Nosotros no nos vamos a ir. Continuaremos con este compromiso mientras podamos, al mismo tiempo que buscamos un compromiso recíproco de los productores, porque este proceso requiere la participación de todas las personas que forman parte del territorio”.

Texto publicado originalmente en el sitio web de la Iniciativa Climática Internacional de Alemania (IKI) en inglés: Ir al artículo original